
Este fin de semana pasado estuve en Madrid con unos amigos. Creo que hacía casi cuatro lustros que había estado por última vez, y lo cierto es que diez bienios más tarde la he encontrado muy cambiada. Quizá haya sido que yo también he evolucionado y mis cuotas de intransigencia pues también quedaron cubiertas por el pasado. No lo sé, pero la cuestión es que Madrid me ha sorprendido, y muy gratamente además.
Me he encontrado una ciudad que ya no está tan lejos gracias al AVE, que pese a estar levantada por las obras es bonita, y cuyas gentes son generosas y amables. Lo contrario que Terodáctila, por cierto. Les cuento un par de ítems:
El sábado por la noche fuimos a cenar de tapas a un lugar muy cercano a la estación de Atocha. Como íbamos siete pax, pues decidimos que cada un@ pediría a su criterio una tapa para consumo general. Quien escribe, en un ataque de lucidez y de saber estar, pidió “Riñones a la plancha”. Ni siquiera al Jerez; a la plancha.
Por supuesto, aquella fórmula para cocinar los riñones no nos gustó, más bien nos repugnó. Tuvimos la sensación de quien moja pan en el orinal de un abuelo. Sabía muy fuerte; úrico total. Con lo que nos lo dejamos casi todo.
Claro, el camarero nos preguntó que si no nos había gustado, y nosotr@s le contestamos que no, que estaba muy fuerte de sabor y que nos había desagradado mucho.
El camarero, sin más comentario, nos apartó el plato de delante mientras nos decía que lo borraba de la cuenta.
Hace unos años, en Terodáctila, como no, pedí una ensalada que olía a cloaca. La devolví al camarero y, pese a nuestras protestas, nos la cobraron igual. El asunto acabó con la correspondiente extensión de una “Hoja de Reclamación”. La ensalada, de estiércol debía ser, no costaba ni 4 €.
Me he encontrado una ciudad que ya no está tan lejos gracias al AVE, que pese a estar levantada por las obras es bonita, y cuyas gentes son generosas y amables. Lo contrario que Terodáctila, por cierto. Les cuento un par de ítems:
El sábado por la noche fuimos a cenar de tapas a un lugar muy cercano a la estación de Atocha. Como íbamos siete pax, pues decidimos que cada un@ pediría a su criterio una tapa para consumo general. Quien escribe, en un ataque de lucidez y de saber estar, pidió “Riñones a la plancha”. Ni siquiera al Jerez; a la plancha.
Por supuesto, aquella fórmula para cocinar los riñones no nos gustó, más bien nos repugnó. Tuvimos la sensación de quien moja pan en el orinal de un abuelo. Sabía muy fuerte; úrico total. Con lo que nos lo dejamos casi todo.
Claro, el camarero nos preguntó que si no nos había gustado, y nosotr@s le contestamos que no, que estaba muy fuerte de sabor y que nos había desagradado mucho.
El camarero, sin más comentario, nos apartó el plato de delante mientras nos decía que lo borraba de la cuenta.
Hace unos años, en Terodáctila, como no, pedí una ensalada que olía a cloaca. La devolví al camarero y, pese a nuestras protestas, nos la cobraron igual. El asunto acabó con la correspondiente extensión de una “Hoja de Reclamación”. La ensalada, de estiércol debía ser, no costaba ni 4 €.

Otro ítem que les cuento es a propósito de un helado. Nuestro niño, digo nuestro porque era un componente más del equipo, quería un helado. Como buen niño que es, no supo esperar a que todos termináramos de cenar y se fue él solo a pedirlo a la barra. Pese a que estábamos disfrutando de una noche esplendida en la terraza, donde el precio de cada consumición se incrementaba en 1 €, el camarero, no sólo le trajo el helado a la mesa donde estábamos tod@s, sino que además; le advirtió a la madre de que puesto que el niño había ido a la barra a pedir su helado, nos lo iba a cobrar a precio de barra, y no de terraza.
En Terodáctila, ante la presencia de un niño de once años pidiendo un helado, el camarero hubiera llamado a los Mossos. A partir de aquí; el ayuntamiento hubiera denunciado a la madre por abandono, y al padre por alcohólico por estar en un bar poniéndose tibio mientras su hijo mendigaba algo que comer. Seguramente el niño hubiera pasado a la tutela de la administración competente y posteriormente concedido en custodia a unos padres en Singapur, por ejemplo. A lo peor, incluso, nos hubieran acusado a los siete de “secta” que utiliza a niños de once años para lavar el cerebro a camareros dominicanos, a fin de programar un suicidio colectivo, según fuentes de Sexto Milenio, para poca horas después. Al final del camino, una potente denuncia cuya acusación particular la constituiría el mismísimo ayuntamiento de Terodáctila, nos instaría a pagar 1 € de recargo por el helado en cuestión, puesto que este fue tomado íntegramente en una terraza, 6.000 € más por la mala intención que presenta la causa que se nos imputa, más 1.500 € por costas procesales, más 60 € de los intereses devengados por la deuda, más 100 € para sostenimiento de la Iglesia parroquial de Santa María Nadiuska, y 125 € más, según decreto 02/2009, en concepto de tasas por emisión de CO2 y por no hacer el checking on-line cuando toca.
No puedo impedir que cuando les cuento esto se me escape mi vena anti-Terodáctila. Una vena que se me inflama cada día un poco más. Quizá por eso sueño viajes, y cuelgo aviones en el Facebook. Quizá sea eso o quizá sea que me revienta que Terodáctila se las dé de cosmopolitísima siendo como es de provinciana. Vive tan acomplejada de su provincianismo que no se da cuenta de que aceptar que lo es, aceptar que es provinciana de Wiki, la haría menos insulsa y más humana. Yo no sé si molestaré a alguien afirmando que Madrid contiene un cierto aire provinciano que la hace muy especial. Desde luego, no lo pretendo. Precisamente quiero resaltar al decirlo que eso es lo que más me sedujo de Madrid.
Ya sé se me inflame todo lo que se me inflame, al fin y al cabo, me guste o no, me tengo que comer con patatas esta ciudad maleducada. Eso aun me inflama más.
Tampoco mis soflamas sobre Madrid deberían quitar peso a mi nacionalismo y a mi catalanidad indiscutible, y al punto radical. Pero eso sí; por una vez en mi vida, hablar de esta manera me hace sentir inteligente.


